Su
delito era notorio y había sido descubierto. Nada se podía hacer, sólo esperar
las funestas consecuencias y sufrir las penalidades ante su pueblo. Postrado en
el suelo lloraba como niño, con la misma intensidad cuando perdió a su madre,
aquella noble judía de manos tiernas y mirada dulce. Su autoridad no podía
relevarle de tamaña responsabilidad, por el contrario, sus hechos hablaban más
fuerte que sus palabras. La vergüenza dolía más que mil batallas perdidas.
