Su
delito era notorio y había sido descubierto. Nada se podía hacer, sólo esperar
las funestas consecuencias y sufrir las penalidades ante su pueblo. Postrado en
el suelo lloraba como niño, con la misma intensidad cuando perdió a su madre,
aquella noble judía de manos tiernas y mirada dulce. Su autoridad no podía
relevarle de tamaña responsabilidad, por el contrario, sus hechos hablaban más
fuerte que sus palabras. La vergüenza dolía más que mil batallas perdidas.
El viejo lo miraba con amargura, pero también con temor. Él había originado esa
situación y sus palabras no significaban nada en esas circunstancias. Era la
primera vez que veía llorar al hombre más poderoso de la tierra. Soldados y
esclavos estaban escandalizados y miraban de reojo al anciano esperando cumplir
en cualquier momento la orden. Tal vez, el mismo esperaba el fin de sus días,
siendo este incidente el boleto que lo lleve a la eternidad. Sólo esperaba la
sentencia fatal y estaba dispuesto aceptarla. Tampoco tenía otra alternativa.
Más de una vez había presenciado la muerte de otros súbditos y esperaba sólo la
orden final del monarca, que aún lloraba ante la realidad.
Estaba tranquilo y sus cabellos blancos reflejaban los años vividos al servicio
de su gente. Considerado como un guía, todo el pueblo aceptaba sus consejos,
pero también sus exhortaciones. Su vida pasó en esos instantes como una
película en su mente. Recordó al padre del rey, a quien conocía desde la
infancia en sus trabajos como granjero, y cuando él era servidor del sumo sacerdote.
También vino a su memoria aquel memorable día cuando el monarca le consultó
acerca de la construcción de un templo, tarea que nunca edificó. Ahí estaba el
anciano, esperando su suerte de acuerdo al capricho del soberano, a quien
conocía perfectamente.
Transcurrieron algunos minutos que parecían siglos de espera. El joven monarca,
demacrado y con los ojos hinchados, experimentaba su propia batalla. Como
hombre de Estado sabía que había fallado. El rey, levantándose y pidiendo
piedad por sus hechos, reconoció sus faltas con mucho dolor. El viejo
comprendió entonces, una vez más, que el control de la vida, circunstancias y
acciones estaba en manos del Sempiterno. Además, él había sido el instrumento
para que el dignatario reconociera que había asesinado a un hombre para
quedarse con su esposa.
Efectivamente, el mandatario había dado la orden de enviar al capitán Urías al
frente de la batalla cuando se enteró que la esposa de éste, Betsabé, estaba
embarazada no del militar, sino del rey mismo. Sus orgías nocturnas cosechaban
sus primeros frutos.
El viejo conocía perfectamente al hijo del granjero. Lo había visto crecer y
también había participado en su coronación. Era su consejero espiritual y tenía
gran estima por él, pero no podía aceptar los abusos del soberano, menos aún,
acciones que perjudicaban a personas decentes. Sabía que su Dios le había
encomendado esa tarea y comprendía también que el rey estaba arrepentido de su
conducta inmoral.
Comprendió
que la vida también tiene sus bemoles y que aún los más fuertes y encumbrados
caen en sus propias redes. La vida del soberano no era ajena a la suya. Sus 85
años revelaban experiencias vividas y compartidas. Sabía que los hombres tienen
limitaciones y tentaciones. Más de una vez había comentado el antiguo adagio
“todo lo que el hombre sembrare, eso también cosechará”. Ahora era testigo de
una experiencia más.
Cuando
supo que no moriría, el viejo se encargó de animar al joven soberano y poniendo
su mano en su hombro le dijo que por muy oscura que sea la noche, siempre habrá
un amanecer. El rey aprendió la lección y fue considerado con los años como un
hombre conforme al corazón de Dios. Se dedicó a escribir poemas y reinó con
justicia a favor de su pueblo. El viejo y el rey comprendieron que en la vida
todo tiene solución, aún los dolores más profundos de la humanidad siempre
tendrán un remedio cuando se reconoce que simple y llanamente somos barro en
las manos del Creador. El viejo pasó a la historia como el gran profeta Natán y
el rey como el padre de otro monarca, el gran Salomón, en su época de soberano
de Israel. Esa fue parte de la historia del rey David.
©
César Sánchez Martínez
©
“Crónicas profanas””. / Callao, 1980.
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