Miraba
a esos niños con mucha ternura y amor, mientras ellos pedían que les relate una
historia. Ana, mujer de largos cabellos negros y mirada firme, pero triste al
mismo tiempo, se acomodaba entre los cojines y abrazando a la más pequeña
empezaba su relato. Leer historias era una actividad que solía hacerla cada
año, incluso hasta llevaba tortillas hechas de harina de trigo y cebada,
adornadas con trozos de dulces higos y pasas de uva negra. Era el postre
favorito que le gustaba a su esposo, hombre de rostro adusto, pero muy cariñoso
con ella.
Las
historias casi siempre eran las mismas y las preguntas también. Los niños
formaron una bulliciosa cadena alrededor de ella y atentos esperaban el inicio
del relato, mientras comían sus tortillas siempre a la sombra de un encino. El
inicio siempre era el mismo. Ana, llevándose el índice derecho a sus labios y
haciendo un ademán de silencio, empezaba con el clásico: “Había una
vez…”