Los comentarios sobre la aparición de estos seres que aparecieron, literalmente, de la noche a la mañana, corrieron como reguero de pólvora y no faltó quienes afirmaban que habían sido expulsados del Barrio Fiscal № 5, uno de los más respetados del Callao, donde había vivido el tristemente célebre “Champita”, ex capitán de la entonces Guardia Civil del Perú, que lideró la temible banda delictiva “Los Paracaidistas”. Los fundadores de este barrio eran antiguos moradores de Chucuito, destruido por un terremoto cojuntamente con la zona antigua del puerto chalaco. Fue el terremoto de Lima y Callao que se produjo el 24 de mayo de 1940, a las 11:35 de la mañana con su respectivo tsunami cuyas aguas llegaron hasta el Jr. Lord Cochrane, arrastrando hasta las puertas del mercado central un bote grande, de cuya manera se confeccionó después una cruz colocada en la puerta del mercado. Este terremoto fue sentido hasta Guayaquil por el norte y Arica por el sur. Los otros damnificados fueron rehubicados en lo que ahora conocemos como las “barracas o barracones” del terremoto.
Don Pepe, como así lo llamaban poseía un fiero rostro. De ojos negros y penetrantes, casi todos los niños, y algunos adultos, le tenían miedo. Al lado de doña Blanca, era algunos años años mayor. No tenían descendencia ni amigos. Sin embargo, en las primeras horas de la mañana ya estaban despiertos como los ancianos, viendo pasar a los que trabajaban en el mercado vendiendo frutas, cebiche o desayuno para los “madrugadores”. Como si fueran los custodios del callejón miraban atentamente a todos aquellos que pasaban cerca a ellos y a otros que esperaban con ansías a don Dionisio Araujo, el cajamarquino que vendía quesos de Bambamarca y compartía con ellos, una ración de lo que sobraba de la venta diaria.
Doña Laura, aquella mujer que sabía todo de todos y a quien recurría más de un vecino para enterarse de los últimos chismes, también solía llevarles algún fiambre después del almuerzo.Tal vez, por esa razón, don Pepa y doña Blanca, cuidaban su casa de dos habitaciones con mucho esmero. Ni Teresita, la chica más guapa del callejón se acercaba como de costumbre a la casa, luego de trabajar durante las noches en el hospital, cuidando, decía ella, a nuevos pacientes. Aunque usaba mandil blanco, todos sabían que era para despistar a los curiosos. En dos oportunidades doña Laura la había recogido en la comisaría, luego de alguna redada policial. Teresita era conocida como la “gata traviesa” en el mundo de las boquitas pintadas.
Doña Blanca era delgada y huesudaen sus largas extremidades. Nadie sabía cuando conoció a don Pepe, pero ambos vivían juntos desde que llegaron al callejón. Cierto día, don Dionisio comentó que ella le recordaba la casita de quincha de sus padres en su nativa Celendín. Él creció entre los pinos y eucaliptos , bailando carnavales mientras cuidaba a las ovejas y otros animales de su familia.
Cierta madrugada, mientras Teresita bajaba de un taxi con su mandil blanco, el conductor del auto quiso aprovecharse de la situación y tomó violentamente el brazo de la chica, quien al verse superada en fuerza, sólo atinó a dejar caer su bolso producíendose un ruido que sólo fue advertido por don Pepe y doña Blanca, quienes salieron en defensa de la mujer. Al verse atacado por tan sigulares aliados , el taxista no tuvo mas remedio que apretar el acelerador y salir raudo del lugar. Nadie se enteró del hecho y Teresita tenía la plena convicción que el incidente nunca llegaría a oidos de alguna persona. Sin embargo, ese hecho originó que la chica albergara en su casa, un cuarto grande multiusos y una cocina con baño incluido, a los dos huéspedes durante sólo un período de siete años.
La fría noche del domingo 7 de octubre de 1997, en el hotel “El Ahelí” del distrito de Miraflores, la policía encontró el cadáver desnudo de una mujer de unos 24 años. Al costado del cuerpo había un mandil blanco y un carnet de sanidad otorgado por la Municipalidad Provincial del Callao.
Sobrevivieron a Teresa Parodi Córdova, un siberiano negro macho y una fox terrier de pelo duro de color blanco que ahora habitan en la casa de doña Laura, la mujer que nunca se enteró del incidente con el taxista.
Relato escrito en Callao, el principal puerto chalaco del Perú, en 2005.
© César Sánchez Martínez.
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