Recordó
que años atrás ella había participado en varios concursos de belleza en Celendín,
su pueblo natal, aquel paraíso ubicado en las extensas llanuras altoandinas del
departamento de Cajamarca, el último reducto de los incas antes de caer
conquistada por la soldadesca española.
Su
belleza y su conocimiento de la historia y ciencias sociales la habían ayudado
a viajar por diversos pueblos y ciudades costeras, e incluso, hizo varios
viajes a la selva y sierra ecuatoriana, llegando a Loja y Cuenca. Le había
gustado mucho Cuenca por la similitud con Celendín, ambas ciudades eran
especialistas en la confección de sombreros de paja y junco.
En
uno de sus viajes al Huallaga, conoció a Raúl, hombre mayor que se presentó
como asistente de la policía limeña que estaba de vacaciones por esos lugares.
Marta estudiaba antropología en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos de
Lima, la más antigua del continente americano y ahora quería conocer otras
ciudades del Perú, porque siempre creía que antes de conocer el mundo, primero debería
visitar diversas ciudades peruanas.
En
el Cusco, quería visitar el legendario santuario de Machu Picchu, una de las
maravillas del mundo antiguo, construido por los incas. Vivía ilusionada del
Perú y contaba las horas que faltaban para terminar sus estudios universitarios
y comprometerse formalmente con aquel galán que había conocido en la cuenca del
Huallaga, cuando ella representaba a la belleza cajamarquina.
Cuando
conoció diversas ciudades del Perú, se quedó impactada por la variedad
gastronómica, míticas playas, hermosos paisajes, flora y fauna silvestre,
comunidades andinas campesinas y etnias amazónicas, y santuarios arqueológicos.
Decidió escribir sobre ellos, razón por la cual se quedaba más tiempo de lo
previsto. Ya en Lima, Raúl la había llevado a disfrutar de las noches musicales
de Barranco y cenas nocturnas, acompañadas del exquisito vino tinto y de los
fugaces viajes de fines de semana a Huaral, Huacho, Callao, Cañete, Paracas,
Churín, etc., todos lugares cercanos a Lima.
Con
el tiempo decidió radicar en el histórico, tradicional y republicano distrito
limeño de Pueblo Libre, la “Magdalena vieja”, y hacer una vida de familia con
el hombre que había conocido en el Huallaga. Además, Raúl tenía éxitos en los
nuevos negocios que tenía precisamente en esa zona y que casi nunca le gustaba
hablar, porque como él mismo decía, trabajar en el Servicio de Inteligencia
significaba tener discreción en todo y para con todos. Marta empezó a creer que
Raúl era un espía, y a manera de broma, le llamaba el “superagente”.
Su
casa en Lima se convirtió en un museo. Había artesanías de casi todo el país,
que acompañados de los libros y discos compactos, reflejaban la vocación
cultural de Marta. Al principio todo fue color de rosa, pero con el tiempo las
cosas cambiaron, se tornaron difíciles.
Los
negocios exigían mayor ausencia de Raúl, quien sólo pasaba dos o tres días al
mes con ella, quien se acompañaba leyendo los libros que había comprado en sus
viajes. Había obras de historia, literatura, biografías, artes plásticas y
cine. También estaban los volúmenes especializados de sociología, antropología,
geografía y turismo.
Pero
las exigencias de ella se hicieron notorias y fue el tema principal de las
frecuentes discusiones. Cuando Raúl estaba en casa casi no había paz. Hasta que
en cierta ocasión recibió una bofetada y luego otras tantas, pero no tenía familia
a quien recurrir en Lima.
Con
el tiempo, Raúl decidió quedarse en Lima por una temporada para atender algunos
asuntos que para ella eran actividades sospechosas. Por temor, ella ya no
preguntaba qué tipo de negocios eran. Sólo sabía que estaban vinculados con el
Servicio de Inteligencia. Algunas noches observaba a su pareja pensativo y
hasta mal humorado desde que llegaba a casa.
Esa
agresividad se incrementó cuando los periódicos comenzaron a denunciar
violaciones de derechos humanos y asesinatos de estudiantes. Ella sospechaba
algo, pero no se atrevía a preguntar por miedo a la violencia de su cónyuge.
Casi siempre recibía como respuesta cuando insinuaba alguna preocupación: “tú no
eres limeña, no sabes lo que pasa aquí”.
En
cierta ocasión, cuando Raúl no estaba, decidió encontrar respuestas a sus
preguntas mientras revisaba sus cosas. Sólo encontró nombres, teléfonos,
direcciones y fotos. También algunas cuentas bancarias. Cuando llegó Raúl,
preguntó nuevamente con osadía, pero no hubo respuestas. Sólo recibió amenazas
y varios golpes que la dejaron inconsciente. Raúl pensó que ella había
descubierto algo.
Ahora,
sentada en esa vieja silla de paja, recordaba su vida. Le vino a la memoria
aquel paraíso celendino de yacimientos arqueológicos, lagunas azules, pinturas
rupestres, valles verdes, andenerías incas, aguas termales y los concursos de
belleza de su juventud. También de las artesanías, sombreros y los libros que
compró que no tuvo tiempo de leer.
Tiempo
después, exactamente, el 30 de octubre de 1995, en unos lejanos parajes de
Aucallama, en la sierra limeña de Huaral, varios campesinos encontraron el
cadáver de una mujer de unos 34 años aproximadamente. Nadie supo su nombre,
tampoco nadie lloró.
Sólo
alguien leyendo las notas policiales en el periódico días después, murmuró para
sí mismo: “Marta fue su nombre”.
Resumen del relato original escrito en el año 2007.
© César Sánchez Martínez
© “Relatos Profanos”. Lima,
2025.

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