Ella estaba concentrada en la lectura, imaginándose el tipo de relación entre el cuarentón escritor, nacido en Dublín, y la actriz de 32 años aproximadamente. El zigzagueante y caprichoso humo del café sucumbía bajo el frío clima de junio en Montevideo. Había bajado la temperatura. la neblina y llovizna humedecían levemente mi rostro, mientras miraba a esa mujer del café y el viejo libro.
Reconocí
su rostro a pesar de tener gafas. Nos vimos la primera vez frente a la rambla
del Río de la Plata el día anterior, cuando nos cruzamos varias miradas sin
decirnos nada. Al ver que me acercaba levantó la mirada y cerrando el libro
contestó mi saludo. A pesar de mis dudas
y nerviosismo, ese gesto lo tomé como una invitación a su mesa y minutos
después ya sabíamos nuestros nombres y las razones porqué estábamos en esa
ciudad. Ella huía de sus temores, a pesar del trabajo que tenía que realizar en
la ciudad, y yo me enfrentaba a los míos.
Así
empezó todo. Desde ese día el cafetín era el punto de encuentro, aunque algunas
noches, la habitación de su hotel era más placentera que tomarnos un café o un
vino tinto al aire libre. Así pasaron los segundos, minutos, horas, días,
semanas y meses. Debo admitir que disfrutaba de su compañía y amistad.
Ariana
tenía 39 años y yo 31, pero no me importaba, porque en el amor no hay
parámetros ni normas que seguir. Me madre era mayor que mi padre por cinco años
y fueron felices con sus ocho hijos.
Era
un mujer de estatura mediana, delgada y miraba profunda. Se había casado muy
joven con un médico irlandés que pensaba más en sus pacientes que en ella. Fue
una gran decepción en su vida. Nunca tuvo hijos, aunque lo buscó desde el
primer día de su matrimonio. Nunca salió embarazada. Siete años después se
divorció y nunca más se enamoró.
Cada
cierto tiempo viajaba a diversas ciudades, especialmente de habla hispana. Era
la promotora del “Gran Circo Español”, uno de los mejores del viejo continente.
Anualmente visitaba como empresaria más de una docena de países llevando
entretenimiento mediante el arte circense.
Aunque
había nacido en la española Sevilla, sus padres y abuelos eran de Cachemira,
residencia habitual de algunos gitanos en el norte de India, un país
industrializado y pobre al mismo tiempo. Ahora es el más poblado del mundo. Su
familia tuvo que huir de esa región, por los continuos conflictos entre India y
Pakistán.
Se
consideraba más andaluza que gitana y poseía una belleza natural que no tenía
parangón alguno entre sus coterráneas. Sus largos cabellos negros eran el
complemento ideal para ser considerada una “pretty woman”. Fumaba tres
cigarrillos al día y religiosamente se levantaba a las 5 de la mañana.
Su
plato favorito era el “gazpacho”, una sopa fría que se prepara con tomate,
pimiento verde, aceite de oliva, ajo y pepinillo. También le gustaba el jamón
ibérico, el rabo de toro, las tortillitas de camarones y el pescado frito.
Solía
recordar siempre el circo de su abuelo, las ocurrencias de los payasos y los
temerarios saltos mortales de Omar, el joven trapecista que fue su primer amor
de adolescencia. En ese lugar aprendió a bailar danzas tribales y era una
eximia bailadora de la danza dumhal por la cultura india y el flamenco por la
española. Había aprendido a tocar guitarra y tenía una melodiosa voz. El
flamenco, mestizaje de las culturas gitana, árabe, judío y hasta cristiano,
aunado al canto, guitarra y baile, la convertía en una bailarina excepcional.
Era parte del show principal de su circo.
Me
hablaba de su infancia, sus primeras travesuras y amores prohibidos, entre
ellos la experiencia con Omar, el joven catalán que había nacido en Barcelona.
Era una empedernida lectora, especialmente de la lectura inglesa, galesa,
escocesa e irlandesa. Es decir, de las letras británicas. Era seguidora de la
escritora feminista Virginia Woolf. Se sentía identificada con obras como
“Noche y día”, “Al faro”, “La señora Dalloway”, “Las Olas” y “Orlando”, donde
la autora critica el orden de la sociedad de su tiempo, unos años antes de
1900,
Ariana,
desde niña ya había leído “Robinson Crusoe” de Daniel Delfoe, “Los viajes de
Gulliver” de Jonathan Swift, “Tom Jones” de Henry Fielding, “Emma” de Jane
Austen, “Frankenstein” de Mary Shelley e “Ivanhoe” de Walter Scott, entre otros
libros. Para un periodista viajero era la compañera perfecta para pasar tiempos
agradables, especialmente con una taza de café en el invierno o un vino tinto
frío en el verano.
Cierta
noche me confió sus secretos más profundos, aquellos que nunca revelaría a
nadie, que se irían a la tumba con ella. Estando aún casada se enamoró de una
persona cercana a ella y vivió con aquel hombre los momentos más apasionantes
como mujer. Dispuesta a deshacerse de su esposo, y creyendo haber descubierto
la felicidad, inventó las historias más inverosímiles para que su familia y la
sociedad la apoyará.
Vivía
su “segunda adolescencia”. Al principio tuvo éxito, después descubrió que su
nuevo amor no estaba dispuesto a dejar a su familia por ella. Aunque algunos
hombres lo hacen, la mayor parte de los varones que tienen una aventura, no
están dispuestos a abandonar a la familia. Es sólo “una cana al aire”.
Aunque
lo buscó y lo pretendió, jamás recupero su hogar y menos al hombre que abandonó
por los tórridos y equivocados romances de algunas noches.
Cuando
terminó de hablar comprendí muchas cosas que las había pasado por alto. Yo era
casado, amaba a mi esposa y no estaba dispuesto a dejar a mi familia por ella.
Para mí, simplemente era una aventura, nada más.
Mientras
Ariana me besaba y se contorneaba alrededor mío con unos gemidos sensuales,
pensaba en Gabriela, la mujer que me esperaba en Lima. Después de unos minutos,
tomé mi saco y sin decir nada salí del hotel.
Cuando
camino por las coloniales calles de la “Ciudad Vieja” y miro en los cafetines a
tantas exuberantes y rubias mujeres que me invitan a sus mesas con un afectuoso
y disimulado saludo, pienso en la lección aprendida con Ariana, la gitana.
©
César Sánchez Martínez
©
“Relatos marginales”. / Montevideo, 2004.


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