Era
una fría tarde de otoño cuando fue al dársena del Callao, pensando en lo que
tenía qué hacer. Muchas cosas pasaban por su mente, pero no encontraba una
solución al asunto. Jamás había pasado por esa experiencia. ¿Cómo salir de ese
embrollo? Todo había pasado tan rápido que su capacidad de reacción fue tardía,
y en algunos instantes, era nula.
Estaba
en la chalaca Plaza Miguel Grau del primer puerto peruano. Caminó y llegó a un
muro y se apoyó sobre él, como quien miraba al mar. Su mirada estaba fija en el
horizonte, pero su mente era una fábrica de pensamientos, reflexiones y hasta
lamentos. Ahora él era el protagonista de una historia real. Sólo escuchaba el
ruido de las aguas al golpear las piedras de la playa. Un frío y húmedo viento acariciaba
su curtido rostro de cuarentón, mientras él seguía mirando aquel horizonte,
donde muchas veces intentó alcanzarlo con “La “Cibeles”, el viejo yate de su
padre, pero nunca lo había logrado.
